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La historia de unos fugitivos que se convirtieron en estudiantes, o Unas notas sobre la aparición de la diáspora ucraniana en España hace más de medio siglo

Jue, 01/01/2004 - 00:00
ucranianos participantes en una peregrinación

Tras la II Guerra Mundial, además de muchos civiles procedentes de Ucrania que se encontraron en Europa no por voluntad propia, en Occidente quedaron también miembros de una formación militar, la división “Galichiná” (llamada así por una región de Ucrania). Esta división actuaba en el frente del Este al lado de la Alemania nazi y, después de rendirse a los británicos al final de la guerra, sus miembros pasaron tres años en campos de prisioneros militares: dos años en Italia y luego en Gran Bretaña.

En Italia, en un campamento al lado de Rímini, estuvieron internados cerca de 300 jóvenes, ex alumnos de colegios. La juventud quería seguir con sus estudios interrumpidos por la guerra, pero hacerlo de manera aislada del mundo exterior no era fácil. La iniciativa partió de los estudiantes. En una reunión el 7 de agosto de 1945 eligieron una Presidencia de la Comunidad Estudiantil, encabezada por el suboficial, Dmitro Masli. Las actividades de esta organización en las condiciones del campo eran naturalmente limitadas y sin embargo, con apoyo de sacerdotes ucranianos en Roma, lograron organizar en el campamento unos cursillos para unas 150 personas. Los estudios empezaron en septiembre de 1945 y duraron un año. Los estudiantes soñaban con continuar en una de las universidades de Europa aunque no sabían como llevar a cabo sus propósitos. Mientras tanto, gracias al empeño del arzobispo Kir Iván Buchko en Roma el “colegio” del campo obtuvo un reconocimiento oficial en círculos próximos al Vaticano y todos los estudiantes que pasaron los exámenes recibieron diplomas.

Un grupo de ucranianos en Madrid

En la segunda mitad del año 1946 llegó a Rímini desde Roma una noticia sobre la posibilidad real de seguir estudios en algunas universidades de Europa Occidental. Ya en noviembre y diciembre pequeños grupos de los candidatos elegidos, se evadieron del campo y se dirigieron a Roma para que luego marchar más hacia el Oeste, a España. No es este el lugar para narrar los peligros y aventuras con las que se toparon los fugitivos al huir del campamento. Con ayuda del Vaticano y de la Cruz Roja consiguieron nueva documentación y pasaportes. El 23 de diciembre de 1946 el primer grupo de 18 estudiantes partió de Génova en el barco español “Valencia” y a los dos días entraron en el puerto de Barcelona. En febrero de 1947 a este grupo se unieron otros 7 estudiantes.

Pronto, en la primavera de 1947, el campo de Rímini se cerró y lo que restaba de la división se dirigió a Gran Bretaña de donde, algo más tarde, nuevos grupos de estudiantes se dirigieron a España y otros países.

Cuando los ucranianos llegaron a España, este país se encontraba en una profunda crisis política y económica, debida en parte al aislamiento diplomático y al bloqueo económico del régimen de Franco por parte de los aliados.

En estas circunstancias parecía problemático garantizar a los estudiantes unas condiciones dignas de estancia y un apoyo económico a sus estudios. Sin embargo, en política frecuentemente suceden cosas paradójicas: gracias a la recién comenzada guerra fría, España pronto recuperó su posición en el mundo al empezar a hablarse sobre los pueblos oprimidos y las iglesias perseguidas en el Este. Este nuevo desarrollo de los acontecimientos condujo a que el Gobierno español recibiera bajo su tutela a los estudiantes ucranianos.

En el febrero de 1947 eran ya veinticinco personas. A ellos, se les unieron otros más de cien estudiantes de la Europa del Este, España les concedió becas especiales. Esto se consiguió en gran medida gracias a esfuerzos personales de arzobispo ucraniano, Kir Iván Buchko, que tenía buenos contactos entre las jerarquías influyentes de la Iglesia Católica y, en particular, con el presidente de “Pax Romana” (la organización internacional de estudiantes católicos), Joaquín Ruiz Giménez que más tarde sería Ministro de Educación en el gobierno de Franco (y más tarde aun se convertiría en miembro destacado de la oposición antifranquista).

Colegio Mayor en Madrid
Una placa conmemorativa

En la foto se muestra el edificio principal del Colegio Mayor Santiago Apostol en la calle Donoso Cortés, 63 de Madrid. Aquí vivieron, además de estudiantes ucranianos, representantes de muchas otras nacionalidades de Europa del Este y... un grupo de chinos de Formosa. Según recuerdan ex estudiantes, existía un conflicto entre los polacos que habían participando en la guerra en el lado de los aliados, y los ucranianos de “Galichiná”, agravado por “antiguas rencillas” entre polacos y ucranianos. El conflicto se solucionó por la mediación del embajador de Polonia en Madrid que recibió a ambas partes en su residencia con motivo de un cóctel.

Según recuerda Alexander Bilyk que llegó a Madrid con el segundo grupo, en un principio se alojó a los estudiantes en la pensión “Venera” junto a la Puerta del Sol. La mayor dificultad para los recién llegados fue el desconocimiento de la lengua española pero pronto fue superado este escollo gracias a su empeño y al estudios cotidiano. No lejos de la pensión se encontraba una iglesia pequeña donde su sacerdote, el padre Sergio, permitió a los estudiantes que practicaran el canto coral. Esto fue así porque los jóvenes organizaron su propio coro e interpretaban canciones populares ucranianas y cantos litúrgicos. Al comienzo de sus estudios en la Universidad y en la Politécnica el coro actuó en diferentes facultades y más adelante se les empezó a invitar a otros institutos, colegios e incluso a teatros. Los conciertos tenían éxito y el público descubría con asombro el rico folklore musical ucraniano. También interpretaban cantos litúrgicos en grandes iglesias de Madrid y de otras ciudades. Para coordinar los asuntos relacionados con la vida cotidiana y los estudios de los estudiantes existía la organización “Obra Católica de Asistencia Universitaria”. Su promotor fue el ya mencionado Joaquín Ruiz Giménez y su presidente, José María Otero Navascués. Se necesitaba dinero para estudios, para construir nuevas viviendas para estudiantes y, en un primer momento, para pagar su estancia en hostales y pensiones. La “Obra Católica” contó con la ayuda de la Iglesia y personalmente se implicaron el Cardenal de Toledo, Enrique Plá y Daniel y el Arzobispo de Madrid-Alcalá, Casimiro Morcillo.

La “Obra Católica” apadrinaba a los estudiantes después de la finalización de sus estudios. Les ayudaba a encontrar trabajo en España o, si lo deseaban, a emigrar a otros países. Para los que quedaron solicitó ante Gobierno el permiso de residencia y trabajo. En relación a esto el Gobierno promulgó un decreto especial el 6 de octubre de 1954. El permiso valdría para 10 años y con la posibilidad de prorroga de otros 10 años.

Aparte de los estudios, los jóvenes se abrieron a la cultura y a las tradiciones españoles, viajaban mucho, visitaban museos y iglesias.

Para resolver los diferentes problemas planteados en su círculo y para contactar con la Unión Central de Estudiantes Ucranianos, que tenía su sede en Munich, se creó la Comunidad Estudiantil Ucraniana en España que funcionó casi 20 años.

El lector supondrá que estaban implicados también en asuntos políticos, por ejemplo, con ayuda de otras organizaciones ucranianas en el extranjero consiguieron del gobierno español el permiso para unas emisiones de Radio Nacional de Madrid a Ucrania que se transmitieron regularmente desde 1951 hasta 1973.

En los años 60 el número de candidatos para cursar estudios en España que pudieran calificarse como fugitivos del régimen soviético se redujo y en 1968 tanto la “Obra Católica”, como la Comunidad Estudiantil suspendieron sus actividades. En total pasaron por el Colegio Mayor más de setenta estudiantes ucranianos, de los cuales el 90% terminaron los estudios universitarios. La mayoría, tras recibir sus diplomas, emigraron, preferentemente a Estados Unidos y a Canadá. Quince de ellos se quedaron en España toda su vida. Se casaron, lograron éxitos en su vida profesional, trabajaron en gobiernos y ministerios, se dedicaron a los negocios. Este grupo de ucranianos, aunque no muy numeroso, descubrieron antes que otros un país tan interesante y polifacético como España.

Preparado por Lana Kniázhich basándose en el libro: V. Yarimovich, A. Bilyk, N. Volynski “Breve historia de la organización estudiantil y de la colonia ucraniana en España: 1946-1996” (Philadelphia-Madrid, 1997)

FOTO abajo: Ahora mismo en Madrid quedan pocos de aquellos jóvenes. Teodor Barabash (en la foto en el centro, con jersey gris) es uno de ellos, participa de manera activa en la vida asociativa de nuevos inmigrantes ucranianos. Madrid, 2006