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Rusia, un mundo de herrumbre

Mar, 01/01/2002 - 00:00
Un monumento a jóvenes comunistas con una iglesia al fondo

Cualquiera que visite las ciudades de Rusia desde nuestras asépticas sociedades occidentales se topará con un mundo extraño y diferente al nuestro, un mundo al que aún no ha llegado el plástico en las proporciones que envuelve toda la estética de nuestras ciudades. Nos encontramos con un mundo de hierro, áspero e incómodo pero que sentimos más auténtico. La estética que encontramos, tanto en Rusia como en otros países de la antigua Unión Soviética, es fruto tanto del entorno natural como de su evolución histórica. Las grandes distancias y la lejanía de los centros culturales europeos han propiciado una estética utilitaria sin concesiones a la frivolidad del diseño preciosista. Aquí las cosas carecen del acabado con el que a menudo se presentan en nuestras sociedades, a veces incluso parecen inacabadas, lo importante es que cumplan la función para la que fueron concebidas: un portal está para delimitar el paso a un espacio interior, un ascensor es el instrumento para alcanzar una altura determinada y tanto estos, como cualquier otro elemento cotidiano carecen de cualquier pretensión estética.

Al penetrar en los dvor, patios interiores de cualquier gran ciudad rusa, no podemos evitar una sensación de desasosiego, encontramos por doquier con paredes desconchadas, obstáculos a nuestro paso y las escaleras parecen decorados de una película expresionista. Incluso los espacios delimitados para que juegen los niños se encuentran impregnados de esta estética dura y sin concesiones. Podemos rastrear el tortuoso mundo de Dostoievski en cualquier de los rincones de San Petersburgo y de otras ciudades. Como contraste en medio de este mundo gris y áspero de improviso puede surgir de la herrumbre la inesperada presencia de un jardín y en las esquinas de las calles no es raro encontrar puestos con mujeres vendiendo ramos de flores. (La calidez del interior de las casas, a menudo decoradas con flores y plantas, contrasta con su exterior sombrío).

Entrada en un "dvor" (patio)
Escalera de un portal en San Petersburgo
Estatua de Lenin

El experimento socialista que duró más de 70 años para derrumbarse recientemente ante el engañoso consumismo capitalista ha contribuido en gran parte a conformar la estética industrial que preside las ciudades rusas: La economía centralizada creó grandes infraestructuras para proporcionar abastecimiento a la población, se construyeron gigantescos oleoductos, tuberías y cableado para proporcionar agua, electricidad y combustible a las ciudades. Hoy estas infraestructuras siguen funcionando pero, ante la descapitalización del Estado se nota, tanto en su funcionalidad como en su destartalado aspecto, el paso inexorable del tiempo. De vez en cuando se corta el suministro de agua caliente en las casas, se supone que a causa del fallo de alguna de las vetustas infraestructuras, y la población espera pacientemente, con espíritu fatalista, como si de un fenómeno natural se tratara, que en algún momento sin previo aviso, vuelva el suministro. En las ciudades por fortuna el coche particular aún no se ha adueñado por completo de las calles con el efecto destructivo que provoca en las ciudades, todavía existen bulevares por donde circulan tranvías y trolebuses y las calles todavía son propicias al paseo.

En pocos años Rusia, tras el periodo de esperanza que supuso la perestroika, pasó de ser una sociedad encerrada en si misma, a formar parte, de una manera subordinada, al mundo capitalista. Esta transformación ha supuesto un cambio en la estética de las ciudades actuales, ahora a la estética del antiguo régimen, en la se sucedieron los experimentos constructivistas de los años veinte-treinta, la pesada estética del realismo socialista y la gris uniformidad del urbanismo de la época de Brézhnev, se suma la estética consumista con una iconografía similar a las que podemos contemplar en cualquier ciudad occidental. (Incluso se puede tratar de la misma campaña de tabaco o de refrescos de cola que padecemos en nuestros lares). Aunque esta estética uniformizadora (y empobrecedora a la vez) no llega aún a borrar la sensación de encontrarnos en otro mundo; aquí todavía podemos encontramos junto a una gran pantalla de video una monumental estatua de Lenin, desvencijados tranvías portando en su superficie los más banales reclamos publicitarios o innovadoras terrazas veraniegas donde se consume piba (cerveza) junto a oxidadas verjas forjadas en las que está presente el viejo signo de la hoz y el martillo.

Y por encima de todo permanecen como inalterable signo de identidad en rótulos y carteles los rotundos caracteres del alfabeto cirílico; esos extraños signos que nos recuerdan que, afortunadamente, todavía existen mundos diferentes.

J. Daskaña, 2002