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Españoles en la Rusia de los años 20-30 (II): Diego Hidalgo

Jue, 30/08/2012 - 19:09
Diego Hidalgo_Un notario español en Rusia

Galina Lukiánina

En 1928 un notario español, Diego Hidalgo, decide visitar Rusia por su propia cuenta, como particular, no como periodista ni como miembro de ninguna delegación. Tenía muchas ganas de ver aquello con sus propios ojos, encontrarse en el epicentro de acontecimientos. Encontró un buen pretexto: hacer un estudio de la jurisprudencia y el notariado del nuevo país (en el caso que los tuvieran).

Una buena cuarta parte del libro "Un notario español en Rusia" (1929) es un relato de sus intentos de conseguir un visado, de cómo tiene que prolongar hasta el infinito su estancia en Paris y frecuentar el consulado soviético en espera de recibir una respuesta positiva de misteriosas instancias superiores, y una vez tras otra, en vano. Lo que especialmente le molesta es que al mismo tiempo se dirige a Rusia el “Cap Polonio” con un grupo de compatriotas adinerados a bordo como turistas y que seguramente estos no habían tenido problemas con el visado… En cambio para él resultó una verdadera prueba de su tozudez. Y además, no deseaba oír a sus amigos madrileños burlarse del viajero inútil que no había llegado más allá de Paris. Todos le habían predicho complicaciones y peligros, a pesar de lo cual se había marchado… para envidia de todos. En fin, la descripción de esta barrera invisible, esa curvatura del espacio que le echa para atrás de la frontera oriental de Europa, calienta el interés del lector (¿qué habrá por allí?) como si fuera el principio de una buena novela. Pero no es novela ni siquiera un reportaje. Son cartas que escribió a lo largo del viaje a un amigo de Madrid. Luego cayeron en las manos de un editor que apreció su frescura y ausencia de predisposición política y las convirtió en un libro.

Al final cruza la frontera soviética, y empiezan a derramarse sobre el lector curiosos detalles que recrean un cuadro vivo de Rusia de aquellos tiempos legendarios. Realmente estuvo allí sólo durante el mes de septiembre de 1928 (una parte grande del tiempo destinado para el viaje le había devorado su estancia en Paris). Por eso es difícil esperar ninguna interpretación coherente de lo visto, ninguna opinión definitiva sobre la Rusia soviética (él más bien se hundió en las impresiones), pero los detalles son interesantes. ¿En qué otro lugar se puede leer que en Moscú: “en todas las aceras hay recipientes para arrojar los objetos, que son utilizados por todos, incluso para tirar las puntas de los cigarros”? Parece que para un español es algo nuevo, ni siquiera encuentra una palabra específica para nombrar estos “recipientes”. Las calles, el hotel, las viviendas privadas, los teatros, un juzgado, una prisión… todo eso describe meticulosamente a su amigo.

Dos guías le ayudan orientarse en “este Babel”. Uno de ellos es Korsunsky, licenciado en Filosofía y Letras y que por entonces trabajaba sobre su tesis doctoral, el otro Ibáñez, un obrero español que había venido a Moscú a “uno de esos interminables Congresos” y se había quedado. Tenía cartas de recomendación para ellos y cumplen con ahínco su papel de guías, incluido el de guías ideológicos. Korsunsky “habla como un iluminado y tiene hechuras gráficas de pertenecer a aquella clase de hombres que, dominados por un ideal, llegan por él a todos los heroísmos, a todos los sacrificios”. Ya en el mismo primer encuentro de toma de contacto pronuncia un discurso donde se mezclan las alabanzas al régimen soviético con un conocimiento profundo de historia y de la situación política presente de España, permaneciendo “de pie, en plan de despedirse, durante más de una hora”. Y por cierto la temática de su tesis era “La leyenda de la Asunción de Nuestra Señora y sus representaciones plásticas en el arte medieval”.

A su vez, Ibáñez también es un personaje extraordinario, un revolucionario asturiano con ciertos rasgos de aventurero (vea aquí). En el momento en el que conoció a Hidalgo, traducía, en colaboración con Andreu Nin, una obra de Trotsky. Este, por cierto, ya estaba exiliado en Alma-Atá. Hidalgo, perplejo, observa como una lucha cruel contra la oposición sacude el país.

Otro personaje que sorprendió a Hidalgo era un “ruso locuaz” con quien entabló conversación en el recibimiento del hotel donde aquel hojeaba la prensa extranjera. ¿Fue el encuentro y la charla de tres (¡!) horas casualidad? No se sabe. El joven dijo que era ingeniero y miembro del partido, hablaba francés e italiano. También conocía en detalle la situación en España, y según Hidalgo, se entabló “un verdadero pugilato entre la curiosidad que él siente por nosotros y la que yo siento por ellos”. “Veo que su libertad en el hablar se apoya en que habla con un extranjero, con un ave de paso en el país, que ningún uso puede hacer de cuanto oiga”.

El desconocido (no dio su nombre) hace con vehemencia declaraciones de amor a Trotsky (“su recuerdo, su figura, su mirada, están siempre cerca de mí”… y cosas más poéticas todavía), sin embargo la acción común, la disciplina férrea, en su opinión, pesa más. “Y ahí tiene usted una leve visión de esa tortura que a todos nos embarga…” – concluye.

Precisamente debido a esa charla Hidalgo se queda con “la certeza de que el partido comunista tiene algo de la vieja época de la Iglesia y de la vida interna de las grandes ordenes confesionales, en las que sus miembros, en el afán de rivalizar en fervor y disciplina, tachan a los demás de tibios, de faltos de fe, de heterodoxos…” Es para él una conclusión muy importante, vuelve a hacer esa comparación en varias ocasiones más, le ayudaba, en efecto, a entender la psicología de esa gente.

Álvarez del Vayo (político, periodista y también autor de un par de libros sobre Rusia) que se encontraba en aquellos momentos en Moscú, le lleva a Hidalgo a la Voks (las iniciales en ruso de “la Sociedad Estatal de Relaciones Culturales con el extranjero”). “Es, digámoslo así, una institución neutral. En ella ni se hace política, ni propaganda comunista. Allí se facilita a los extranjeros que vienen a Rusia con fines culturales, los medios necesarios para que puedan cumplir su misión” – explica Hidalgo en una de sus cartas. Siempre insiste (y él mismo lo cree) que sus impresiones de Rusia no están condicionadas por nadie en una dirección predeterminada.

En la Voks le recibe un funcionario de aquella institución, un tal Derental. Este resulta que también conoce bien España, vivió allí, “¡Pero si yo hasta he toreado!”… Este personaje encantó por completo a su interlocutor quien escribe a Madrid: “¡Figúrate en el estado en que a mí me dejó esta conversación y lo ajeno que yo estaba de que había de encontrar en Moscú un enamorado del cante jondo!” Derental (Alexander Dikgof-Derental), de joven revolucionario (se dice que incluso fue testigo del asesinato/ejecución del cura Gapón), después de la revolución de Octubre luchó contra los bolcheviques, luego emigró y siguió participando en las conjuras contra los bolcheviques junto al conocido político y escritor Borís Sávinkov. En 1924, junto a Sávinkov volvió clandestinamente a Rusia cayendo en una trampa preparada por los servicios de seguridad soviéticos siendo inmediatamente arrestados. Borís Sávinkov murió en la prisión mientras Derental fue liberado. Basándose en esto y en algunos otros indicios se sospecha que Derental se convirtió en un agente de seguridad estatal. El notario Diego Hidalgo no sabe nada de eso. Solo ve a “un hombre todavía joven, apenas pasará de los cuarenta (Hidalgo tiene por entonces 42 años); pero /…/ se nota que ha vivido mucho y que ha sufrido mucho”.

“– Y mi caso –le dijo Derental– es una prueba máxima de humanidad y de transigencia”. Hidalgo no sabe de qué caso se trata pero, intrigado por su nuevo conocido, se pone como objetivo averiguarlo. Seguro que lo hizo pero eso quedó fuera de las cartas.

Así que los mediadores de Hidalgo en su percepción de la realidad soviética son personas exaltadas, complejas, propensas a abrumar con sus conversaciones. Hidalgo parece que desfruta con este ambiente, le gusta escuchar incluso “cosas peregrinas y paradójicas”, disfruta con la conversación, con el contacto humano, con las cosas grotescas que ve y oye.

Tal vez las notas más halagüeña que hace sobre Rusia, son la siguientes:

“Ni impera el reinado de la gasolina y el fútbol, ni la fiebre del deporte ha “caído” por estas tierras. Se cultiva y se practica; pero no se enloquece discutiendo las jugadas de los favoritos, ni los resultados de los partidos llegan a causar graves disgustos en las familias.
La adoración del músculo está pospuesta, es indudable, a otros cultos más nobles.
Un hombre que “sepa” más que otro tiene sobe él una superioridad definitiva, por débiles que sean sus puños y por grande que fuere su torpeza en manejar un balón con los pies.
Y los jóvenes no gustan de alardear de destreza, de agilidad o de fuerza, porque sus alardes caerían en el vacío. Aquí, para adquirir popularidad o valimiento, no hay que adiestrar a los pies; basta con adiestrar a la cabeza”.

Al final de cuentas, Hidalgo se impresionó por el “entusiasmo de muchos comunistas, que están con el régimen como niño con zapatos nuevos”, pero parece que se queda con la opinión de que se hubieran podido conseguir los mismos resultados de mejora de la vida de los trabajadores mediante un desarrollo paulatino, más lento pero con menos estragos. En cualquier caso, la verdadera liberación de trabajadores no está lograda y tal vez se consiga con unas medidas muy diferentes (eso se puede concluir de su conversación con un obrero ruso, miembro del partido comunista).

…En 1933 Diego Hidalgo, junto a varias decenas de otros intelectuales españoles, funda la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. En 1934 ocupa el puesto de ministro de la Guerra y en esta calidad tiene que reprimir la revolución en Asturias. Cuentan que en Mieres donde apareció ya como vencedor, preguntó por Jesús Ibáñez, su guía en Moscú, pero este ya se encontraba en la cárcel (ver otra vez aquí).