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Diario de un privilegiado (1)

Jue, 20/12/2007 - 00:00

En el año 2007 Cristian Mediavilla ganó en España el primer premio en un concurso de redacción entre gente que estudia el idioma ruso. El resultado fue este viaje de una semana a Moscú.

por Cristian Mediavilla

13 diciembre 2007

Afortunadamente todo ha ido bien. El metro hasta el aeropuerto, la facturación, la espera, el desayuno… El vuelo a Moscú se me ha hecho largo pero lo he aprovechado reestudiando palabras y giros idiomáticos que apunté en una libreta durante mi último año de carrera.

Al llegar a Moscú me he encontrado todo con el aire de cansancio de última hora de la tarde. Indulgente con los viajeros que van llegando. Sin la más mínima señal de provocar al viajero con sus tradicionales e insidiosas paradas para registrar todo lo que trae consigo antes de dejarle pasar.

Me encuentro, a juzgar por las caras de la gente, tan cansado como ellos al volver a casa después del trabajo, agotados del insoportable tráfico. Yo, hipocondríaco en ocasiones, me alegro de no haberme encontrado ninguna de las dificultades que esperaba en el camino. Y me alegro porque veo que debería romper las barreras psicológicas que me aumentan las pulsaciones y me crean un malvivir temporal sin razón. He de superar las dificultades y hacerlas nimias y resolubles. Falta de práctica. Hace tiempo que no viajo solo: llamar a España y pelearme con los códigos de teléfono que no consigo acertar a marcar; el hambre que tengo por haber llegado tarde a la cena, que supuestamente me correspondía a las siete de la tarde de acuerdo con el programa organizado por la empresa turística por excelencia en toda Rusia, pero que no parece tener demasiado efecto en los empleados del restaurante del céntrico hotel Pekín. Gracias a mis escasas dotes de negociación que he adquirido con los años en contacto con los eslavo-orientales, les conseguí una manzana. Sí, formaba parte del grupo… debí haber llegado tres horas y media antes, pero los atascos ya se sabe, todo es comprensible pero no se han dignado a trabajar más por un ingenuo extranjero con cara de no haber comido en un mes. Les he dicho que era tarde, que tenía hambre y ésta me hace regurgitar el estómago… En fin, una manzana es todo lo que he recibido y probablemente sea la única fruta que vea por aquí. Y ahora he de escribir algo pero no sé si es el hambre o es el diario éste que no sabe qué contar…

Aprovecho para estrenarme con mi cámara digital y grabar todo lo que se me antoja: el pasillo, la cara del guarda de seguridad que me mira con recelo, el ascensor sin el botón “0” que te lleva a la primera planta, el largo pasillo que se asemeja a aquellos que salen en los sueños a cuyo final nunca parecemos poder llegar por mucho que corramos (ahora estoy tan agotado que siento que mi número no va a llegar nunca); la habitación que no tiene nada de china (en las fotos de publicidad que vi en internet salía una habitación amueblada al estilo oriental, con el colchón en el suelo y las puertas correderas como si de ellas fuera a aparecer una del servicio en kimono para ofrecerme un té) pero sí que tiene televisión y nevera que para el caso me vale. Aquí en la intimidad grabo todo y cuento lo que veo, hablando solo como un idiota, pero, eso sí, un idiota feliz, privilegiado y con suerte. Se huele la intimidad, y tras dejar la cámara y notar que nadie irrumpe en la tardía soledad de la noche, me preparo un baño caliente y me despojo de todo lo que llevo para sumergirme bajo el agua, en el silencio metálico de la bañera que poco a poco se va llenando de espuma.

Y ¿es esto realmente Moscú? No. Moscú es una gran ciudad que me espera estos días para sorprenderme. O al menos eso espero. Espero y pienso, metido en la cama oyendo la televisión que suena de fondo, en lo que me contaba Evgueny, el conductor del monovolumen en el que he venido hasta aquí.

El conductor que me ha traído hasta el hotel, parece vivir con los ojos cerrados. No sabe nada de nada. Vive en su pequeña bola de cristal. Trabaja, le pagan, sobrevive...

Recuerdo la primera vez que entablé una conversación con un ruso, el siglo pasado, allá por el noventa y dos, y me sentí el hombre más inútil de la historia de la humanidad al darme cuenta de que era incapaz de responderle a todo tipo de preguntas como: ¿Cuánto cuesta un kilo de carne? o ¿cuál es el sueldo medio en mi país? u otra serie de cosas de lógico interés para un visitante que se las veía y se las deseaba para salir adelante en su país y por lo tanto sabía lo que costaba la vida. Luego se percató de que yo no era más que un niñato que no había salido aún del cascarón. Tras todo este tiempo me sorprende que un hombre, supuestamente curtido, como este conductor no tenga ni la menor idea de todas aquellas cuestiones que en su día me hizo mi ruso amigo.

Pero este tal Evgueni parece no saber ni cómo ni porqué. Me responde vagamente: "¿Quién sabe? Mejor tirar pa´lante y no meterse donde a uno no le llaman…es mi señora la que hace la compra, así que yo… ¿la mejor cerveza?, a saber…

¿Acaso hay muchos como este?

Por alguna extraña razón sigo oyendo en mi cabeza el pesado ruido de los coches que circulan por Moscú y que constantemente se topan con atascos, atascos y más atascos. Pero desde mi ventana solo veo un aparcamiento interior donde todo parece estar en quietud bajo la nieve que lleva un rato cayendo suavemente. Me estaré volviendo loco. Mañana será otro día.

El templo de Cristo Salvador en Moscú

14 diciembre 2007

Un día nuevo, tan distinto del resto de mis rutinarios días que cada nueva impresión ha sido toda una experiencia. Me siento una persona afortunada. Un privilegiado.

Conocer gente nueva de pronto me ha dado la sensación de que llevo una semana con ellos. Compartimos algo especial: el interés por el ruso de gente de distintas partes del mundo, en la capital de la lengua rusa.

Moscú. La capital del nuevo ruso. Casinos, restaurantes, centros comerciales, tiendas de lujo junto a estatuas y edificios que recuerdan a otros momentos de la historia. Moscú es un cúmulo de contradicciones. Parece que todo está planteado para que se disfrute pero cuesta mucho dinero disfrutarla. Es un caos de lujo artificial que parece estar pensado para tapar la realidad de la vida del ruso de a pie. Porque ¡vaya precios!

El ruido del tráfico y los atascos son una constante que rompe el encanto de esa historia que esconde esta antiquísima ciudad con todos sus tesoros.

Teniendo en cuenta lo que esta urbe ha visto pasar por sus ojos, cualquier día nos puede sorprender. Moscú es como un volcán que siempre puede entrar en erupción. Vivir en ella debe de ser como hacerlo en un volcán. Es por eso que hay que amarla de verdad para poder vivir en ella.

Inna, nuestra guía de viajes, afirma que el que vive aquí acaba por hacerse al constante cambio, que se deja uno llevar por la corriente. Solo hay que pensar en los tiempos pasados y verlos con nostalgia. Comparar los tiempos de vacas “escuálidas” de los últimos diez años con los actuales. Hay de todo para cubrir las necesidades.

Y los ricos… son nuestra fachada.

Las fachadas que son obsoletas no son políticamente correctas. Hay que derribarlas. Construir modernidad. Centros comerciales, tiendas guay y luces de neón.

Menos mal que el ruso mantiene el instinto de conservación y restauración y nos deja restos de historia como la colosal Plaza Roja donde han plantado una pista de hielo, reduciendo su inmensidad a tres cuartos. Los almacenes GUM, que están vacíos de clientela. Las coloridas catedrales y templos que asoman sus doradas cabezuelas de cebolla semibizantinas, que nos susurran voces de silencioso respeto por la ortodoxia.

Desde las torretas del reconstruído Templo de Cristo Salvador, se ve un amasijo de casas apoltronadas a lo largo y ancho de la capital. Techos nevados, apagados colores estalinianos acurrucados entre edificios decimonónicos que luchan por hacerse un sitio contrastan con el vistoso y expandido Kremlin que observa como se hiela el Moskova a su paso por los rojizos muros.

A lo lejos, y significativamente separados unos de otros, se vislumbran rascacielos supermodernos que se apresuran a tocar el encapotado cielo gris por las enormes chimeneas de las fábricas, como los tallos de las habichuelas mágicas del cuento.

Hoy, de forma excepcional, ha salido el sol. Las tonalidades de las siluetas urbanas de Moscú han dado un cambio repentino. De pronto se han iluminado los espíritus. Es increíble lo que hace la luz del sol. Las estatuas de Gógol, Pushkin y Tolstoi nos parecen estar sonriendo por el efecto de los rayos del sol a nuestro paso en autobús, y recordándonos que ellos también están aquí. Se presiente su espíritu en el arte, en el teatro, en la poesía viva en cada uno de los rusos. Porque qué facilidad tienen para soltar versos. Para declamar hay que llevarlo en los genes. Los rusos parecen tener al menos un verso anclado a su cadena de ADN. En otra vida quisiera sentir la poesía como lo hacen ellos.

 Los almacenes GUM en Moscú

15 diciembre 2007

Hoy ha sido un día repleto de excursiones. He visto arte ruso de lo más. Al hacernos la foto de grupo hemos entrado a formar parte de la historia esta tan afortunada que nos ha tocado vivir juntos como grupo internacional amistoso con la lengua rusa como marco común. Veinte representantes de distintos países del mundo que no han tenido otra mejor idea que estudiar ruso. Me encanta que la gente sea original y se interese por culturas diferentes a las suyas.

Aquí el colega británico ha querido olvidar que su idioma es el segundo más hablado en el mundo. Que la mayor parte de ese mundo se deja los cuartos para poder aprenderlo y chapurrearlo al menos en alguna ocasión. Y se ha comprometido a aprender el idioma más hablado por su número de habitantes y extensión poblacional, o sea el chino, pero de camino se dijo que por qué no hacer una paradita por las tierras rusas y aprender bien a expresarse en la lengua de Putin. Los que estamos aquí somos como apéndices que le han salido a Rusia, como extensiones de esas de distinto color y longitud que se ponen algunos en el pelo (algunas hasta rastas africanas) que simbolizan que esta lengua llega lejos, hasta los Estados Unidos de América, donde hasta solo hace unas décadas les juzgaban en sus cazas de brujas solo por oler a comunista. En la India, donde siempre he pensado que adoraban a las vacas, parece ser que también adoran a Shukshin.

Y ¿quién les iba a decir a los moscovitas que de donde luce el sol y se vive en casi permanente contacto con los animales, allá por Zambia (Africa), donde el entrañable doctor ruso de los cuentos Aibolit, o Aimé Duele, se iba a curar a los animales) iba a venir otro amante de la lengua rusa?

Veinte países del mundo amantes del ruso. Se dice pronto, pero había más que lo aman igualmente y que no han podido disfrutar de este privilegio.

Después de un día ya no somos extraños, somos colegas de ideas. Compartimos intereses similares. Somos aquellos sobre los que siempre nos habíamos preguntado si, además de nosotros mismos, habría algún perro verde que se dedicara a estudiar otra lengua que no fuera el inglés. Por eso encontramos regocijo en saber que al menos somos nosotros veinte y algunos cuantos más. Todos somos perros verdes pero nos reímos juntos, porque somos perros listos, sensibles, gentiles y dóciles como todo perro que se precie de serlo, pero afortunados por lo que nos está tocando vivir gracias a nuestras ideas en común y a un concurso de redacción.

Y, no sé los demás, pero yo, como un perro, voy a tener que buscarme la vida con cierta dificultad si quiero vivir en España por y para la lengua rusa.

Me he comprado una SIM card rusa para hacer llamadas desde mi móvil, y olvidarme de usar el teléfono del hotel. Aunque es cómodo, es caro y no quiero sustos. Esto no entra en el pack de servicios de INTURIST, o al menos eso creo. He sido tonto al preguntar directamente a la recepcionista. Me ha mirado con cara de “pero qué pocas luces tienes, hijo” antes de contestarme que las llamadas telefónicas corren a cuenta de cada uno.

En fin, que como no me funciona el dichoso chip, lo he devuelto, lo cual me ha llevado a mantener la conversación más larga que he tenido en mi vida con la asistenta de una tienda rusa. Que si me pueden devolver el dinero; que si podrían darme un artículo de igual precio a lo abonado por la tarjeta SIM, y yo no sé si es que me expresaba mal, o es que no están familiarizadas con este concepto, pero les he añadido aquello que siempre duele en todos los países que se quieren adaptar al ritmo occidental: “dicha transacción se lleva a cabo en cualquier país de Europa, sin ningún tipo de problema. No veo por qué no se podría hacer aquí una excepción” y coló.

Finalmente conseguí una funda de móvil. Me fui al hotel y me uní al grupo.