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Alicia al otro lado del escenario-2

Dom, 01/01/2012 - 12:48
Nikolái en una herriko-taberna

Nikolái y las feministas

Nosotros aquí en la prensa rusa en España no paramos de elucubrar sobre un mismo tema: cómo son ellos, cómo somos nosotros, el alma rusa, el carácter español, si son compatibles, si es posible la integración… Todo este lío mental pierde cualquier sentido cuando ves como españoles y rusos juntos montan un espectáculo. La nacionalidad no importa lo más mínimo. Y, sin embargo, trabajando se observan unos a otros, de reojo, con curiosidad.

Estaba entre nosotros un tal Nikolái Selezniov. No me acuerdo como se llamaba exactamente su puesto, pero en dos palabras, él y Guenady eran responsables de preparar el escenario, técnicamente, para la función. En su ayuda se incorporaba personal de cada teatro. Una vez Nikolái dijo que en la pausa de descanso, en vez de ir a ver la ciudad, se quedaría en el teatro: “Estoy algo cansado, y además, sinceramente, no me resulta interesante”. “Lleva tanta gira que ni siquiera le interesa el país”, –pensé con algo de recelo. Pero más adelante le comprendí: es verdad que observar la vida superficial de la calle pronto te aburre. En cambio, Nikolái fue el único que en el País Vasco aprendió varias palabras en euskera y en ocasiones decía a los vecinos de allí “eskerrik asko” contento con el efecto producido. Andaba por el extranjero no como turista, sino como… Nikolái Selezniov. Prestaba atención a cosas inesperadas: por ejemplo la calefacción que tienen las casas.

En bares y restaurantes Nikolái infaliblemente pedía dos jarras de cerveza, “lo más grandes posibles”. Pero al mismo tiempo estaba abierto a experimentos. Una vez el técnico de luces, Jorge, se pidió un combinado. Estábamos en un bar junto al teatro, puerta con puerta, después de la función, durante la carga todos ya relajados. Le digo a Nikolái: “La cerveza siempre está allí. ¿Por qué no pruebas algo más original, como Jorge?” Pedimos a la camarera que le hiciera un combinado a su gusto, y ésta lo preparó y le dio a Nikolái una copa grande. La cuál, Nikolái, para asombro total de la chica, bebió de un trago. Eso me contó luego Jorge, también lleno de asombro. “Es que tenía que salir pitando para ayudar a Guenady con la carga”, –se justificaba Nikolái.

Aunque Nikolái es moscovita, su sueño es vivir en una aldea (su familia acepta sólo la dacha). En él hay esa lentitud, razonamiento, sentido práctico, que solemos, no sé por qué, asociar con los campesinos. En el teatro de Valdepeñas entre el personal de carga se encontraban (un caso único) dos chicas.

Una "anaconda" en Vitoria
un equipo ruso-español

El peso más pesado que había que sacar del camión, eran unos telones enrollados, a modo de un gigantesco chorizo. Alguien los llamó una vez “anacondas” y ahora Nikolái los llama así y todos en seguida comprenden de que se trata. Colgar los telones ocupaba la mayor parte del tiempo de trabajo. En primer lugar, porque cada vez había que elegir cuáles colgar y cuáles no (dependiendo de la sala) y a veces, una vez colocados, quitarlos de nuevo. En Valdepeñas por ejemplo colgaron un telón imponente que mostraba el techo ricamente adornado de un palacio italiano, pero luego consideraron que no quedaba sitio suficiente para bailar, y lo quitaron entre los suspiros de las impresionadas chicas encargadas de la descarga. No lo vimos nunca más. En segundo lugar, porque esas enormes telas había que enrollarlas y recogerlas de mil maneras por todos los lados ya que estaban hechas para el Palacio del Kremlin, y “allí son 6.000 butacas, y ya podéis imaginaros ¡qué escenario!” –comentaba Tatiana, toda orgullosa, en algún teatro pequeñito. Esa “anaconda” la descargaban del camión unas diez personas formando en fila india. “¡Uno! ¡Dos! ¡Tr-r-res!” –mandaba Nikolái en español y daba un tirón decidido sacando la “anaconda” del nido de serpientes que formaban los telones enmarañados de “La Bella” y de “Romeo”, haciendo perder el equilibrio a toda la fila. Estos telones, por cierto, tienen ya un montón de años y no me explico cómo siguen todavía con vida. Es verdad que durante una función la vetusta tela se enganchó con un proyector y se rasgó… Volviendo a Nikolái y las chicas: las chicas me preguntaron con admiración acerca de él: “Es de Siberia ¿verdad?” Se lo traduje a Nikolái y así entablaron conversación. Nikolái les declaró que no estaba de acuerdo con que las chicas se dedicaran a la carga y descarga. Las chicas, muy convencidas, le objetaron que por qué los hombres podían hacerlo y ellas no. Nikolái, todo paciencia y tolerancia, les explicó que estaba a favor de que las mujeres trabajaran en el teatro y que en su teatro, en Moscú, trabajan muchas mujeres pero que tenían cosas que hacer allí más apropiadas que llevar peso. Pero no consiguió hacerlas cambiar de idea…

Por la tarde, por curiosidad, pregunté su opinión sobre el asunto a nuestro técnico de luces, y también coordinador técnico, el español Alberto. Nuestro compañero casi carismático. Su respuesta fue para mi inesperada y característica de la individualista sociedad occidental: “Pues… yo creo que cada uno levanta el peso que se cree capaz de levantar”.

El trabajo de traductor

Éramos dos traductores: Enrique y yo. Teóricamente, uno tenía que acompañar a los bailarines y otro, a los “técnicos”. Pero ambos nos pegamos a los “técnicos”: al fin y al cabo con los bailarines siempre estaban Luba y sus dos hijas (todas políglotas) que arreglaban las cuestiones de alojamiento en los hoteles y del transporte. Tan solo un par de veces medié en el alojamiento. Las dos veces resultó bastante divertido. Especialmente en Cuenca donde al ballet lo alojaron fuera de la ciudad, en un hotel con un nombre prometedor: “Cueva del fraile”. Cincuenta bailarinas y bailarines recibieron sus llaves y marcharon a sus habitaciones. Al cabo de un minuto empezaron a volver. “En nuestra habitación hace un frío espantoso. ¿Puede pedir que suban la calefacción?” “En medio de nuestra habitación hay un ataúd con flores. ¡No voy a dormir al lado de eso!” “Mi cama es para liliputenses, no me caben las piernas”. Yo traducía las reclamaciones al encargado de recepción. Llegamos a la cama. Se preocupó mucho, y fuimos a ver la cama un pequeño grupo, que incluía a la reclamante y varios curiosos. La cama tenía un aspecto muy corriente. En la de al lado, semejante, estaba medio tumbada otra bailarina, parece que totalmente satisfecha. El encargado de recepción trajo un gran taburete y lo colocó entre el cabezal y el somier, apareció una empleada con varias almohadas. La idea consistía en ponerlas encima del taburete y de este modo alargar la cama. La reclamante contemplaba todos esos preparativos con escepticismo y se notaba que poco a poco iba llegando a la conclusión que lo mejor sería dejar la cama como estaba. “Déjalo, si cabes perfectamente” – dijo lánguidamente su vecina de habitación, y la chica poniendo cara de sufrimiento dijo que vale, que se las apañaría de alguna forma sin el taburete…

Mientras volvíamos por un largo pasillo a la recepción el encargado asombrado me comentó: “Una vez, en efecto, tuve que alargar la cama de esa manera. Era para un jugador de baloncesto que vino para un campeonato… Pensaba que teníais algún bailarín muy alto. Y de repente veo a esa chiquilla…

un descanso

Pero Enrique y yo nos pegamos a los “técnicos” no por temor a los famosos caprichos de los artistas. Los “técnicos” tampoco tienen un carácter ideal. Tatiana, una persona educadísima, pero caliente como la pólvora, puede explotar y gritar a Nikolái: “¿Dónde has puesto el arbusto! ¡Tienes serrín en la cabeza!” Nadie se ofende demasiado, que le vamos a hacer, el estilo es así, no obstante todos se tienen respeto entre sí, de no ser así no podrían hacer nada. Además, Tatiana le lleva muchos años a Nikolái. Él le contesta con calma: “No se preocupe de nada, Tatiana Andréievna, todo estará en orden”. Era su fase más empleada.

¿Por qué preferíamos a los “técnicos” aunque con los artistas hubiéramos podido dormir incluso hasta las diez y no madrugar tanto?

En primer lugar, porque a Enrique y a mí esa gente nos resultaba más interesante que los chicos y chicas del ballet. Aunque es verdad que al final sentí que había tratado poco a los bailarines y empecé a cambiar mi opinión sobre ellos: entre ellos también había gente madura e interesante, había treintañeros, sólo a primera vista parecían un grupo de estudiantes jovencitos.

En segundo lugar, al trabajar con los “técnicos” conocimos un montón de cosas, el otro lado del escenario: desde cómo hacer un nudo “teatral” específico hasta cómo se graba en un programa de ordenador la luz para cada episodio.

Pero lo más importante es que teníamos la sensación de participar en la creación de un milagro. Durante la función ocurre lo siguiente: Tatiana está sentada tras los bastidores y lleva todo el espectáculo. Tiene puestos auriculares y un micrófono. Lo mismo tenemos todos los demás. Somos como unos espíritus sin carne que volamos en el éter sobre los espectadores y creamos para ellos un espejismo. En un español, aprendido de refilón, Tatiana da órdenes: “¡Pepe! (o “¡Darío!” o ¡Gonzalo!”) ¡Prevenido telón arriba!.. ¡Telón arriba!.. ¡Prevenido jardín abajo!.. ¡Jardín abajo!”, etc. Enseguida pasa al ruso: “Enrique, ¡prepara la siguiente posición!.. ¡La siguiente posición!..” La combinación de luces para cada momento (“posición”) tiene su número en el programa de ordenador. Enrique está sentado codo a codo con el técnico de luces y traduce la orden al español. En lo que me toca a mí, traduzco las órdenes para los “cañones”, dos grandes focos que suelen “acompañar” a los personajes más importantes de la escena. Tatiana está preocupadísima, hace mil cosas a la vez como si fuera Julio César… A menudo se olvida de los “cañones”, hay cosas más importantes. Entonces los “cañoneros” y yo tomamos la iniciativa. Intento recordar de dónde va a aparecer un personaje al que tenemos que “coger” suavemente, calculo a quién de los personajes se puede dejar para desplazar el foco a uno nuevo… Los “cañoneros” trabajan a ciegas, están viendo el espectáculo por primera vez en su vida, yo, sin embargo, es la segunda o tercera o quinta vez. Puedo prever algo pero no al 100%: a veces digo que me parece que Julieta va a bajar corriendo por la escalera derecha, y ella coge y baja por la izquierda… No es fácil mover el pesado “cañón”, se necesita tiempo para “apuntar”. “Ahora va a salir una de rojo, ¡cogerla!” – así más o menos suenan las instrucciones que da Tatiana a los “cañones”. Traduzco. “¡La mía!” –dice un “cañonero” al otro. “¡Siempre te tocan las chicas!” –contesta el otro mientras “lleva” a alguno “de negro”. A veces, si en el éter de las ondas hay una corta tranquilidad temporal, me permito explicar a los “cañoneros” algunos detalles de la trama: “Esa princesa es el mismo bebé que estaba en la cuna. Ya ha crecido”. “¡Vaya! ¡Lo que hacen los yogures!” –comentan los “cañoneros” la noticia. En general, cuando todo va bien, en los auriculares suenan bromas e incluso una vez escuchamos un cantar a coro de los españoles (con un vals de la “Bella Durmiente”). Así era el trabajo. ¿Acaso puede no gustar?

Nervios y pasiones

Claro, todo siempre deprisa. Tatiana hubiera colgado y cambiado los telones hasta el infinito si no estuviera pisándole los talones el técnico de luces que tiene que montar la luz. Cuando puede, se cuela el técnico de sonido para comprobar el fonograma (sí, por desgracia, bailan con el fonograma, traer una orquesta es imposible desde el punto de vista económico). Le mete prisas el ballet que ha venido para ensayar. Con las fregonas en la mano se muestra impaciente el personal de la limpieza: tienen que limpiar el escenario antes de dejar entrar al público (una vez, me acuerdo, limpiaron todo el escenario, solo en un metro cuadrado por el centro resistía hasta final ensayando una solista). Mientras tanto a través de los auriculares empiezan a pasar lista para comprobar si todos están en sus puestos. Alguno no aparece, alguno no tiene tiempo para aclarar algo… En Logroño, la última ciudad de la gira, el técnico de sonido local, Jorge, escuchando la algarabía bilingüe en los auriculares y contestando las últimas preguntas de nuestro técnico de sonido, Volodia, profetiza desesperado: “¡Eso va a ser un caos!” Pero no pasa nada. Tatiana da la orden: “¡Música!”, el caos de una manera u otra se desvanece, y empieza aquello por lo que hemos trabajado todo el día: el escenario se llena de italianos medievales vestidos de brocado y terciopelo, bailando. Los que no se adivina es de donde surgen porque unos instantes antes solo existían Serguéi, Mijaíl, Aidar, Natasha, Oksana… Los jóvenes que donan su juventud al efímero arte de la danza. Los que no se sabe de qué modo regeneran las emociones antes de cada función, porque “si es sólo técnica, eso enseguida se nota” –según me dijo un bailarín.

Los bailarines no resultaron “chicos buenos” a lo largo de toda la gira. Y en la última ciudad, Logroño, incluso llegó a intervenir la policía: un grupo de bailarines pegaron en la calle a unos negros. Al oírlo, nuestro técnico de luces, Jorge, llegó a la conclusión definitiva: “Eso no es un ballet, ¡es un circo!” Logroño es la capital del vino, además, el fin de semana, un tropel de gente se mueve por las callejuelas del casco antiguo. Ocurrió así. Se tocaron uno a otro con los hombros, un subsahariano le dio entonces un empujón en la nuca a un bailarín, este se volvió y le golpeó entre las cejas, se enzarzaron entre ellos rodando por el suelo. Apareció la policía. El subsahariano se encontró en el hospital. Nunca he tenido de noticias aquí, en España, de que los subsaharianos fueran agresivos. Había conocido a unos chicos de Camerún, andaban muy sueltos, sus larguísimas manos y piernas volaban de aquí para allá; me imagino muy bien que pueden dar a alguien un empujón sin pensar ni lo más mínimo en las consecuencias. Nosotros también tenemos una peculiaridad cultural: en seguida metemos un puño en la cara…

En fin, empieza la última función de la gira, todos nerviosos miran al reloj: esperamos a tres bailarines que declaran en la policía. Desde allí se dirigieron directamente al escenario. ¡He aquí las pasiones fuertes! Y al día siguiente, el día de la salida para Moscú, se celebró el juicio. A los de ballet les absolvieron sin cargas. “Ahora van a sentirse héroes” –gruñe en relación a eso Tatiana Andréievna. Este caso nos da mucho material para meditar. Yo, personalmente, me digo: ¡cuántas peleas y asesinatos hay en el “Romeo y Julieta” que estamos montando cada día! ¿Acaso puede haber influido?

bailarines destrás de la cortina

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