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Alicia al otro lado del escenario

Dom, 01/01/2012 - 12:48
Bailarinas saliendo al escenario

Alicia

Las bellas y los bellos durmientes

¿En qué iba a consistir el trabajo de una persona a la que han llamado para ser intérprete en una gira? No tenía ni la más remota idea. ¿Tal vez, el alcalde de alguna ciudad haría una recepción a los artistas del Ballet del Kremlin y tendría que traducir sus palabras de bienvenida? Por si acaso cogí un traje, zapatos con tacón y me puse una chaqueta presentable.

En el primer día de la gira mi chaqueta blanca absorbió un kilo del polvo escénico y dejó de ser blanca. A mi colega Enrique, el otro traductor, le ocurrió lo mismo: me confesó que llevaba en su maleta varias camisas bonitas y no llegó a ponerse ninguna.

La vida durante la gira también era “bonita” pero no llegamos a aprovecharnos de ella. Por ejemplo casi siempre nos alojábamos en los hoteles más céntricos – los más cercanos al teatro de turno – y además de muchas estrellas. Pero no teníamos tiempo para disfrutar del confort. Había rachas en las que, varios días seguidos, entrábamos en el hotel por la noche o incluso en la madrugada y a las 9 de la mañana ya teníamos que estar en el teatro. Así que desayunas y ¡a salir con la maleta! Nuestro grupo técnico tenía asignada la pausa para comer desde las 14.00 h. hasta las 16.00 h. pero ya no disponíamos del hotel, a las 12 del mediodía tu derecho a la habitación había expirado.

Eso representaba un problema porque después del tentempié (un bocadillo en la mayoría de los casos) a una persona mal dormida no le atrae “hacer turismo” en la nueva ciudad, sino echar una siestecilla. Y más todavía cuando sabe que en la noche siguiente tampoco podrá dormir a sus anchas. Ocurría que después de la función los “técnicos” tendrían que enrollar los telones, recoger los decorados, los accesorios, contar y poner en baúles y sacos decenas de trajes, sombreros, tutúes, espadas… y luego cargar todo en un camión (la carga no terminaba antes de la una de la madrugada) y recorrer unos 250 kilómetros hasta la siguiente ciudad… En fin, si conseguíamos atrincherarnos en las horas de comida en el teatro, el personal se buscaba recovecos para descansar. Servía bien la cama de la Bella Durmiente y el ataúd de Julieta (la de Romeo), tampoco desmerecía. Yo, personalmente, descubrí lo cómodos que son los palcos para echarme un rato allí, en oscuridad, en los sillones de terciopelo. …Sin embargo a veces nos echaban a todos del teatro y lo cerraban a cal y canto.

siesta
siesta Logroño

El primer día este horario de trabajo puede asustar pero luego uno se acostumbra. Y cuando te detienes en algún lugar para dos o tres días, ya es una suerte. Incluso si abandonas una ciudad sin ver nada más que el teatro, tampoco pasa nada. Guenady se consuela a sí mismo y a sus colegas: “Tranquilos, volveremos a casa y veremos “El Club de Cineviajes” (un popular programa de televisión).

Es el horario del grupo técnico. Los artistas, en cambio, están libres inmediatamente después de la función, parten al día siguiente, bien dormidos, y al teatro se acercan a eso de las cinco de la tarde para ensayar antes del espectáculo. En el último día de la gira una de las bailarinas me dijo: “Claro que ya me apetece volver a casa, echo ya de menos a mis padres, a mi hermano… Pero por otro lado me da pena: terminan las vacaciones. Porque en comparación con mi vida de allí, esto son vacaciones. Allí todo el día vas corriendo de un trabajo a otro…” Pero es evidente que no fue así para nuestros “técnicos”. “En Moscú por lo menos trabajamos por turnos”, - dice Nikolái. “De esta gente deberían hacer clavos, no habría en el mundo clavos más resistentes”, - recordaba yo a menudo, en los primeros día, esos versos de un poeta soviético al ver lo inagotables que eran mis compañeros. Luego dejé de asombrarme, me acostumbré y ya hubieran podido también hacer los clavos de mí misma. Al regresar a Moscú, ellos al cabo de un par de días, volverían a marchar de gira – aunque esta vez más corta – a Turquía.

Así avanzábamos por España en varios destacamentos: un microbús con los “técnicos”, un autobús grande con los artistas, coreógrafos y el director artístico de la compañía, Andréi Petrov, y un camión con decorados. Nuestros caminos se juntaban en el teatro. Estos flujos los dirigía Luba Serédina. Era ella quien había traído el Ballet del Kremlin. Lleva 25 años organizando giras de teatros rusos por España. Le ayudan – y en parte dan un toque de desorden a su trabajo – sus hijas: la mayor Elena y la pequeña Sofía, o Sofia, depende si la ven como rusa o como extranjera (su madre es rusa, su padre español, y ahora está estudiando en Inglaterra, de modo que se une a nuestra caravana entre clases y exámenes).

Nuestros españoles les llaman a Luba y a sus hijas simplemente La Familia. Sí, al grupo técnico pertenecía también un español, responsable de luces. Más exactamente, fueron tres españoles consecutivos: el primero se fue al haberse mosqueado con la compañía; el segundo – el favorito de todos, Alberto – por tener que ir a un festival; el tercero – el también simpático Jorge – continuó en la gira hasta el final. Parece ser que el Ballet debía traer a su propio técnico de luces pero no lo hizo, y la empresa de Luba lo tuvo que contratar in situ. Los traductores – antes de aparecer Enrique y yo – también cambiaban. En fin, todo cambiaba, se movía, se trasladaba y el duro trabajo de coordinación recaía en Luba.

Andréi, el que vivía en una cabina

Los decorados viajaban en un camión. El camión pertenecía a una empresa lituana y su conductor era un ucraniano, Andréi. Trabajaba con el teatro por primera vez y nunca antes había tenido que introducir su gigante en las calles más céntricas de las ciudades. Pero no perdía el ánimo. Habitualmente, desde el teatro llamaban a la policía local y esta ayudaba a Andréi a llegar al teatro cortando algunas calles si era preciso. Pero en Toledo por ejemplo no había ninguna posibilidad de acercar el camión al teatro, y los decorados los descargaban y volvían a cargar en pequeñas furgonetas. En una ciudad los policías tuvieron que serrar un bolardo que había bloqueado el camión. “¿Para qué ponen aquí tanto bolardo?” – se asombraba Andréi. También tenía que tener mucho cuidado para no derribar algún balcón. Una vez, cuando llovía mucho, parte de los decorados se mojó. Resultó que arriba en la lona del camión había un pequeño agujero quemado. No pudo ser otra cosa que una colilla tirada por alguien desde un balcón.

Andréi incluso pernoctaba en la cabina del camión. Hice una excursión para verla. Parece la mitad de un compartimiento del tren: una litera abajo, otra arriba. Hay microondas, frigorífico… En un lugar se podía ver un cuchillo grande, algo que saltaba a la vista. “¿Y eso para qué es?” – pregunté pensando en una película rusa sobre la vida de los camioneros, llena de atracos y extorsiones. “Es que aquí en España, no sé por qué, entre camioneros hay mucho gay. Cuando estás parado a veces se te acercan, y se ofrecen. Yo no conozco el idioma, cuando llaman a la cabina, simplemente muestro el cuchillo y en seguida se van”.

Camión en el casco histórico de una ciudad

Andréi es un joven con principios. En Vitoria los chicos que descargaban el camión y ayudaban a montar el escenario, tenían aspecto informal, como de hippy. Mientras descargaban los decorados, Andréi daba vueltas alrededor de ellos, con el andar de un chico “duro” de la zona industrial de Donetsk, los puños en los bolsillos, la mirada escudriñadora, y gruñía: “¡Vaya melenudos! ¿Serán hombres?” Durante una pausa para fumar, les preguntó –haciendo yo de intérprete– dónde se puede cortar el pelo y cuánto valía.

Los chicos se mostraron dispuestos a darle un consejo, empezaron a discutir entre ellos y luego preguntaron quién quería cortarse el pelo, si necesitan peluquería para señores o señoras. Cuando Andréi les dijo: “yo” (lleva el corte cortísimo) se pusieron a reír y le aconsejaban que se dejara pelo como ellos. Entonces Andréi aprovechó la situación, ingeniosamente creada por él, y se desahogó diciendo que eran ellos quienes deberían cortarse el pelo un poquitín.

En Bilbao aparcó su camión en una plaza junto a la entrada de servicio del teatro. Los vigilantes del teatro le pidieron que lo moviera un poco hacia atrás para no cerrarles la vista y que lo pusiera con la cabina hacia la entrada del teatro. “No tenemos obligación de vigilar vuestro camión –explicaron– pero mejor sería tenerlo a la vista. Aquí no está seguro, hay gamberros, pueden tirar una pedrada o hacer una pintada”. “¿Dónde están los gamberros? ¡Traérmelos aquí! ¡Y cuántos más, mejor! Estoy anquilosado, necesito hacer ejercicio”, –fanfarroneó Andréi. Afortunadamente –para ambas partes– el encuentro no tuvo lugar. Y era verdad que no era un lugar tranquilo. Al lado del teatro encontraron un bolso sin dueño. Llegaron tres coches de policía. Luego encontraron al dueño. Un poco más tarde fuera empezó una manifestación. Los del teatro nos explicaron que eran parientes de reclusos vascos que exigían que les trasladaran a las prisiones del País Vasco.

El padre de Andréi también es conductor de camiones, y de niño ya se movía en el camión sentado a su lado. Cuando el Ballet coja el avión para Moscú, Andréi estará girando su volante por alguna autovía europea. Y al terminar el viaje irá a casa, a Ucrania, para descansar durante un par de semanas. “Este sí que serviría como personaje para una novela”, –dice sobre él, el traductor Enrique, licenciado en la filología eslava. Opina que Andréi tiene una vida brillante, llena de aventuras y pasiones fuertes.

Técnicos de teatro en Vitoria